Hubo una tarde de torrencial lluvia y ruidosos truenos. El día entonces se apagaba distinto, a menos claridad la fresca oscuridad prendía mis temores de niño, sin electricidad ni linternas a la luz de una vela contemplaba inmóvil tras el cristal la furia de la tormenta golpeando las calaminas y el cemeto del patio allá afuera, pronto el agua entraría dentro de los cuartos hacía frío qué hacer, ya en mi imaginación veía correr los nuevos ríos llevándose a la gente y las casas, prendíanse desde el cielo una y otra vez las ráfagas de luz descendiendo rápidas allí muy cerca, en el jardín?, en la calle? temblaba la tierra, latía fuerte mi corazón, dónde estarían todos? Ya pasará esto decía ... quizás no ...
Una mañana desperté y el sol ya alumbraba casi a magnitud por todas las sombras de la casa, al cielo azul no lo cubría nada, mi madre lavaba el pelo de carnero que de a pocos había juntado en el mercado de la ciudad y en los mercadillos del valle, como ropa a secarse al sol los aglomerados mechones colgaban al brillo vespertino en alambres tendidos, al tope de las espinozas rosas y hasta en el tejado de la casa. Aquella mañana mi madre había olvidado la ortiga, ni siquiera sus agudos gritos habían tildado. Al despertarme, me sentí culpable mis mil pequeñas labores que debía realizar aparte de ir a comprar el pan barrer entre otras habían sido dejadas de lado. Ella sonreía y hasta parecía que hablaba sola. Qué paz, qué cielo azul, difícil olvidar...
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